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Este Evangelio de alegres nuevas para todos

Conferencia general

Jardines del templo, Nauvoo, Illinois

8 de octubre de 1845


Varios meses después de la muerte de sus hijos José, Hyrum y Samuel Smith, Lucy Mack Smith (1775–1856) comenzó a escribir su historia1. A los sesenta y nueve años de edad, su salud era precaria y sentía que era “un privilegio, además de mi deber… dar cuenta de ello como mi último testimonio a un mundo del cual pronto habré de partir”2. Afectada por una memoria que se iba deteriorando, y motivada por la indignación y la pena, a veces presentaba una “cronología confusa e información incompleta”; no obstante, el relato de Smith sirve para comprender mejor su personalidad, su actitud, sus emociones y creencias, y para entender el papel de José Smith como profeta3. Smith dedicó el verano de 1845 a las revisiones finales y acabó el manuscrito en octubre, cuando anunció el proyecto públicamente por primera vez en la conferencia general4. Su narración aportó información de una historia institucional de los Santos de los Últimos Días más extensa5.

Smith sentía una necesidad urgente de ser testigo, y a menudo hablaba en público ofreciendo un relato de primera mano de muchos acontecimientos de la historia de la Iglesia. “He relatado una y otra vez muchas cosas pertenecientes a estos asuntos para satisfacer la curiosidad de diferentes personas; de hecho casi me he destrozado los pulmones recitando esas narraciones a quienes estaban ansiosos de escucharlas”, escribió a su hijo William6. En una reunión de la Sociedad de Socorro el 31 de marzo de 1842, ella tuvo “deseos de dejar su testimonio de que el Libro de Mormón es el libro de Dios, que José es un hombre de Dios, un profeta del Señor apartado para guiar al pueblo. Si observamos sus palabras, nos irá bien; si vivimos con rectitud sobre la tierra, nos irá bien en la eternidad”7. Ella habló en otra reunión pública el 23 de febrero de 1845, y describió “las pruebas y los problemas que había afrontado para establecer la Iglesia de Cristo, y las persecuciones y aflicciones” que había experimentado con los asesinatos de sus hijos, José y Hyrum, el año anterior. Hosea Stout registró que quienes la oyeron hablar “se sintieron profundamente conmovidos por las palabras de esta ‘madre’ de las ‘madres en Israel’, porque habló de la manera más tierna y desconsolada de las dificultades por las que había pasado”8.

La edad de Smith y sus crecientes dolencias físicas le impedían tener la actividad de la que antes había disfrutado. En la segunda reunión de la Sociedad de Socorro, en marzo de 1842, ella lloró y dijo a las mujeres que “estaba entrada en años y que no podía quedarse mucho tiempo”. Una semanas más tarde “habló muy lastimosamente de su solitaria situación”, pero también compartió repetidamente su testimonio, mezclado con su historia9. Los santos cuidaron de la viuda. Después de los asesinatos de José y Hyrum Smith por el populacho en junio de 1844, la hermana de la Sociedad de Socorro Sarah M. Kimball visitó a Mamá Smith para ofrecer consuelo, lo cual permitió a Smith dar testimonio de la inocencia de sus hijos10. Wilford Woodruff le dio a Lucy Mack Smith una bendición el 23 de agosto de 1844 en la que la llamaba “la más grande madre en Israel”. Y continuaba: “Has vivido para ser testigo de la caída de tus hijos por la furia de manos gentiles y, como una impenetrable roca en medio de las imponentes profundidades, has permanecido inamovible hasta que Dios te ha concedido [los] deseos de tu corazón, y has visto las llaves del Reino de Dios en manos de tu posteridad”11. El 9 de julio de 1845, los obispos Newel K. Whitney y George Miller ofrecieron una cena pública para los miembros de la familia Smith, entre ellos Lucy y Emma Hale Smith12. Brigham Young prometió cuidar de Lucy Mack Smith en tanto que los santos se preparaban para salir de Nauvoo, Illinois, hacia el Oeste, pero ella permaneció en Nauvoo con sus tres hijas y su nuera Emma13.

Mamá Smith tenía setenta años cuando pronunció este discurso en una conferencia general celebrada en el templo de Nauvoo14. La conferencia tuvo lugar en medio de la violencia desatada el mes anterior contra los Santos de los Últimos Días en las afueras de Nauvoo; Brigham Young había accedido públicamente a que los santos se fueran de Nauvoo la primavera siguiente15. En la conferencia, Young y otros líderes hablaron del inminente éxodo. El 8 de octubre de 1845, el último día de una conferencia que duró tres días, Smith expresó su deseo de subir al púlpito para responder al debate sobre la marcha al Oeste. Según el periódico de la Iglesia Times and Seasons, “ella habló por un largo espacio de tiempo y de manera audible para que la mayor parte de la vasta asamblea pudiera escucharla”16. Smith expresó sus convicciones religiosas y compartió su testimonio al mismo tiempo que relataba acontecimientos de los albores de la historia de la Iglesia. Este es el primer informe de la intervención de una mujer en una conferencia general17.

Hermanos y hermanas, he estado observando a esta congregación. Por mucho tiempo he esperado el momento en que el Señor me diera fuerzas para contemplarles a ustedes y a mis hijos18. Me siento solemne. Deseo que todos miren en su corazón para averiguar la razón por la que han venido a este lugar, ya sea para seguir a Cristo por buena o mala fama, o por cualquier otra causa. Quiero darles un consejo. Quiero tener tiempo para hablar sobre mi esposo, y sobre Hyrum y José. Quiero darles a todos un consejo. Brigham Young ha cumplido con el encargo; lo ha arreglado completamente. He esperado mucho tiempo para preguntarles si estarían dispuestos a aceptar artículos robados o no19. Quiero saber si creen en tales cosas. Hay algo de lo que deseo hablar. Puede que aquí haya dos mil personas que nunca conocieron al señor Smith ni a mi familia. He criado a once hijos, siete de ellos varones20. Los crié en el temor de Dios. Cuando tenían dos o tres años de edad les dije que quería que amasen a Dios con todo su corazón. Les dije que hiciesen el bien.

Deseo que todos ustedes hagan lo mismo. Dios nos da a nuestros hijos, y nosotros somos responsables. En el temor de Dios les advierto. Quiero que tomen a sus pequeñitos y les enseñen en el temor de Dios. Quiero que les enseñen acerca de José en Egipto y esas cosas y, cuando tengan cuatro años de edad, les encantará leer la Biblia. Supongo que nunca hubo una familia más obediente que la mía. Solo tenía que decirles las cosas una vez. Enseñen a sus hijos a trabajar y traten de criarlos para su tranquilidad. No les permitan jugar fuera de la casa21. Si no puedo hablar a unos cuantos miles aquí, ¿cómo voy a conocer a millones y hablar en la gloria celestial? Quiero que los jóvenes recuerden que amo a los niños, a los jóvenes y a todo el mundo. Quiero que sean obedientes a sus padres. Sean buenos y amables, y hagan en secreto lo mismo que harían en presencia de millones. Les llamo hermanos, hermanas e hijos. Si me consideran una madre en Israel quiero que lo digan. (El presidente B. Young se levantó y dijo: “Todos aquellos que consideren a Mamá Smith una madre en Israel, sírvanse indicarlo diciendo ‘Sí’”. Exclamaciones de “¡Sí!”)22.

Me ha dolido escucharles decir “vieja Mamá Smith”: “Ahí va la vieja Mamá Smith”. Me ha dolido mucho.

Deseo hablar de los muertos. El pasado 22 de septiembre hizo dieciocho años que José sacó las planchas de la tierra, y el lunes pasado23 hizo dieciocho años desde que José Smith, el profeta del Señor…

Fue una mañana cuando mi hijo vino a mí y me dijo que había sacado esas planchas de la tierra, y dijo: “Vaya y dígales a los tres (la familia Harris) que he sacado las planchas de la tierra24, y quiero que Martin me ayude. Deseo extraer algunos de los caracteres y enviarlos a Nueva York”25.

Ahora tengo setenta años. Hace dieciocho años que comencé a recibir este Evangelio de alegres nuevas para todos26. Lo he reunido todo en un registro histórico, y deseo que este pueblo sea tan bueno y tan amable de imprimirlo antes de irse al Oeste27. Martin Harris fue la primera persona que ayudó a José en esta tarea de imprimir el Libro de Mormón28, porque el Evangelio no podía ser predicado hasta que estuviera impreso. Aquí solo estaba mi familia y Martin Harris para hacerlo todo. Tan pronto comenzaron, el diablo empezó a rugir y a tratar de destruirlos. Pero un poco antes de que nos expulsaran de nuestra casa y hogar, José fue a Pensilvania29. Hyrum y Samuel tuvieron que trabajar todo el día en el bosque, y por la noche tuvieron que acarrear la madera y conseguir los medios para ayudar a José a publicar el libro. Dos de ellos vigilaban la casa30.

Así fue como comenzó todo, y miren ahora a esta congregación, que habla de ir al Oeste, con qué facilidad puede hacerse. Mi familia pudo trabajar y conseguir los medios para imprimir el Libro de Mormón. No se desalienten ni digan que no pueden conseguir carromatos y cosas; como dice Brigham, han de ser completamente honestos o no llegarán allá31. Si sienten enojo tendrán problemas.

Mi familia se esforzó para imprimir el libro. El ángel del Señor les dijo qué hacer. El lunes hizo dieciocho años que comenzaron.

Miles se han unido a la Iglesia desde entonces, y no han conocido a José, a Hyrum, a [Don] Carlos ni a William. Todos se han ido menos el pobre William; y él se ha marchado y no sé adónde32.

Tengo tres hijas en casa; ellas nunca han tenido nada, pero han trabajado en beneficio de la Iglesia33. Después de que el libro fuera impreso, Samuel tomó algunos ejemplares para venderlos y le cerraron la puerta tres veces34. Fue a casa del hermano Green, un predicador metodista35. Samuel dijo: “¿No quiere comprar un libro?”. “¿Qué es?”, preguntó ella, y Samuel respondió: “Es un Libro de Mormón que mi hermano José ha traducido de unas planchas que ha sacado de la tierra”. Le preguntó a su esposo, pero él no quiso comprarlo, y Samuel dejó un ejemplar hasta su regreso. Él tenía que venderlos para comprarnos provisiones. Quiero hablar de esto para que no se quejen de los tiempos difíciles. Entró en una casa y pidió el desayuno a cambio de un libro36. Volvió a casa de la hermana Green y ella dijo que tenía que devolverle el libro. Samuel lo tomó y la miró fijamente37. Más tarde ella me dijo que nunca había visto a un hombre mirar así; supo que tenía el Espíritu de Dios. Él respondió: “El Espíritu me prohíbe tomar este libro”. Ella se arrodilló y le pidió que orase con ella. Leyó el libro y se hizo mormona38. Y así comenzó la obra, y luego se propagó como la semilla de mostaza39.

Después de que la Iglesia comenzara a crecer, fuimos expulsados de un lugar a otro, a Kirtland y luego a Misuri40. William enfermó, y también la esposa de Samuel y otros 41, y durante la persecución del populacho yo cuidé de veinte o treinta personas enfermas42. Yo estaba bien de salud; podía cuidar de treinta enfermos entonces mejor de lo que puedo sentarme en una silla ahora.

Mientras William yacía enfermo vio en una visión venir al populacho. Dijo que vio venir a miles y miles, y añadió: “Madre, usted será expulsada”, y continuó: “Si muero, quiero que cuide de mi esposa y que lleve mi cadáver adondequiera que vaya”. El populacho llegó el primer día que William estuvo en condiciones de caminar hasta la puerta. Diez de ellos entraron en mi habitación después de llevarse a José y a Hyrum a su campamento43. Había miles azuzando y chirriando en mis oídos. ¿Cómo creen que me sentí? ¿No sienten compasión por mí?

Mientras estuvieron en el campamento no pude verlos, y ahora mis hijos están muertos. Vinieron diez hombres y dijeron: “Hemos venido a matar al cabeza de familia”. “¿Quieren matarme?”, repliqué yo, y ellos asintieron. Les dije: “Quiero que hagan rápido su trabajo, porque entonces seré feliz”44. Luego dijeron: “Maldita sea; estos mormones están tan dispuestos a morir como a vivir”. Luego procesaron a José y a Hyrum y los sentenciaron a ser fusilados en quince minutos. Un hombre entró y dijo: “Mamá Smith, si quiere volver a ver a José debe ir ahora, porque lo van a fusilar en el condado de Jackson”45. Me tomó de la mano y nos costó muchísimo pasar entre la muchedumbre hasta llegar al carromato.

Los hombres alzaron sus espadas y juraron que no los vería. Por fin llegué al carromato y extendí mi mano. Él la agarró y la besó. Yo dije: “José, déjame escuchar tu voz una vez más”. Replicó él: “Dios la bendiga, mi pobre madre”. Se los llevaron atados y esposados46. Todo ese tiempo mi hijo William y su esposa estuvieron enfermos47. La esposa de Samuel y otras personas estaban enfermas, y yo estaba al cuidado de todos48. Después de eso tuvimos que irnos.

Luego José fue a la ciudad de Washington49. Durante tres días llovió a raudales, pero tuvimos que viajar y no teníamos nada para cobijarnos. Caminé diez kilómetros (seis millas) por el fondo del río. Tenía la ropa tan empapada que apenas podía caminar, y cuando llegamos al río Quincy nevó y llovió y granizó50. Hicimos nuestra cama sobre la nieve helada y nos cubrimos con una cobija; nos quitamos los calcetines empapados e hicimos lo mejor que pudimos. Por la mañana, la cobija estaba congelada. No pudimos hacer fuego a causa de la nieve51. Entonces José fue a la ciudad de Washington, ya que se le había revelado que había de apelar personalmente al gobernador y al presidente, y el Señor dijo que, si no prestaban atención a su causa, Él afligiría al país52. Cuando llegó a casa, predicó entre la casa del señor Durfee y la Mansión. Dijo a los hermanos y a las hermanas que había hecho todo lo posible por ellos: “Están resueltos a no hacernos justicia mientras permanezcamos en Nauvoo”53. Pero dijo: “Mantengan el buen ánimo. Nunca les faltará el pan como sucedió en el pasado”; y prosiguió: “Todos estos casos se registran en la tierra, y lo que se registra aquí, se registra en los cielos54. Ahora bien”, dijo, “expondré este caso de expropiación a la que hemos sido sometidos, etc. Voy a llevarlo ante el más alto tribunal de los cielos”. Lo repitió tres veces. Yo ni imaginaba que nos dejaría tan pronto para llevar ese caso a los cielos. Nunca se nos hubiera podido hacer justicia hasta que él lo llevara allí.

El Señor tiene incluso al jefe de policía allá55. Ellos conocen todos nuestros padecimientos, ¿y creen que nuestro caso no está siendo juzgado? Creo que harán más por nosotros allí de lo que podrían hacer si estuvieran aquí. Siento que si cada alma se quedara en casa, serían bendecidos. Siento como si Dios estuviera afligiendo al país, un poco aquí y allí, y siento que el Señor dejará que el hermano Brigham se lleve a este pueblo de aquí. No sé si yo iré, pero si el resto de mi familia va, yo iré, y ruego que el Señor bendiga a los líderes de la Iglesia, al hermano Brigham y a todos ustedes, y cuando yo salga de este mundo deseo encontrarlos a todos. Aquí yacen mis muertos, mi esposo y mis hijos56. Quiero que mis huesos descansen aquí, para que en la resurrección pueda levantarme con mi esposo y mis hijos, si es que mis hijos se van. Y suplico a Dios que todos mis hijos se marchen. Ellos no se irán sin mí, y si yo me voy deseo que mis huesos sean traídos de vuelta para que reposen con mi esposo e hijos57.