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La oración de fe

Sociedad de Socorro de Smithfield

Residencia particular, Smithfield, Territorio de Utah

7 de agosto de 1871


Cuando Drusilla Dorris Hendricks (1810–1881) habló en agosto de 1871 en la Sociedad de Socorro de Smithfield, lo hizo sobre confiar en el Señor cuando nos enfrentamos a desafíos importantes. Habló desde la experiencia de muchos años, la cual registró en su reseña biográfica. En esa reseña, ella recordaba que, cuando estuvo tan enferma a los diez años de edad, el doctor —un ministro bautista— oró para que “pudiera llegar a ser una madre en Israel y a hacer mucho bien en [sus] días, lo cual [ella] nunca olvidó”1. En mayo de 1836, cuando eran nuevos conversos a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, su esposo, James Hendricks, y ella se unieron a otros miembros en el condado de Clay, Misuri2. El 25 de octubre de 1838, James fue herido en la Batalla del río Crooked, una refriega entre grupos paramilitares de Santos de los Últimos Días y de Misuri3. Quedó paralítico de por vida, y su esposa lo cuidó y también proveyó para su familia4.

En una ocasión particularmente angustiosa, cuando la familia no tenía alimentos, recordó que una voz le dijo: “No te rindas, pues el Señor proveerá”5. Hendricks encontró diferentes maneras de mantener a su familia, como cultivar, preparar y vender alimentos y bebidas; alojar huéspedes y lavar ropa; o hacer y vender guantes y manoplas6. En 1860, Hendricks y su esposo siguieron a sus hijos e hijas para establecerse en Richmond, Territorio de Utah, a unos ciento sesenta kilómetros (cien millas) al norte de Salt Lake City7.

Hendricks visitaba con frecuencia a su hija, Rebecca Roskelley, en Smithfield, a diez kilómetros (seis millas) al sur de Richmond. El 7 de agosto de 1871 asistieron a la Sociedad de Socorro de Smithfield, de la cual su hija era una de las fundadoras8. Roskelle habló, y también lo hizo Hendricks, quien compartió la historia de su hijo William, el cual en 1846 se ofreció como voluntario con el Batallón Mormón en Council Bluffs, Iowa9. Tras la presión ejercida por los líderes de la Iglesia, el gobierno de los Estados Unidos había decidido reclutar a quinientos hombres Santos de los Últimos Días para luchar en la guerra entre México y Estados Unidos10. Debido a que su esposo había quedado gravemente discapacitado y ella había afrontado la abrumadora tarea de cuidar de él así como del resto de la familia mientras cruzaban las planicies, Hendricks vacilaba en dar su aprobación y dejar ir a su hijo de dieciséis años11. A continuación describió la manera en que el Espíritu le recordó que confiara en Dios, quien había proveído para ella en el pasado. Aunque el viaje fue difícil, la familia Hendricks llegó a salvo a Salt Lake City, y William —después de marchar con el batallón desde Iowa hasta California— llegó al Valle del Lago Salado diez días más tarde. Hendricks añadió: “Fue la mano del Señor; la he visto desde entonces”12.

La hermana Drusilla Hendricks, una visitante de Richmond, se levantó y tomó la palabra en la reunión: Habría preferido sentarse y escuchar a sus hermanas, pero siempre estaba dispuesta a compartir su testimonio de la verdad y decir unas palabras de aliento. Sentía la necesidad de vivir de manera tal que en su corazón hubiera constantemente una oración de fe. En los últimos días se había dado cuenta de la importancia que eso tenía. Había trabajado día y noche para mantener a su familia y había pagado el diezmo cuando para sostenerla no había nada más que una oración de fe y el consuelo que recibió como respuesta13.

Después de que a su esposo lo abatieron a tiros en Misuri y que el populacho sin compasión lo arrastró de un lado a otro al no poder valerse por sí mismo14, y después de ser expulsados de su hogar, cuando se pidieron voluntarios para que se uniesen al batallón ella estaba tan indignada por la forma en que se había tratado a los mormones que dijo que su hijo no podía ir, y le impidió que hiciera ningún preparativo hasta la mañana en que la compañía había de partir15. Entonces, al verle adentrarse en el alto y húmedo pasto que rodeaba su campamento para traer a la vaca, pensó en cuán fácilmente podía arrancárselo la muerte por congelación, o por las privaciones que tendría que pasar si se quedaba con ella16; y cuántas vueltas le daría a que eso no habría sucedido si el chico se hubiera ido con el batallón. Pero entonces la impresión volvió: “¡No puedo dejarlo ir!”. Luego tuvo una extraña sensación, y fue como si una voz le dijera: “¿No deseas la gloria más alta?”. Naturalmente respondió: “Sí”, y la voz continuó: “¿Cómo esperas ganarla si no es al hacer los sacrificios más grandes?”. Ella preguntó: “Señor, ¿qué más me falta?”17. “Deja al hijo ir con el batallón”, fue la respuesta que recibió. Pero ella alegó: “Es demasiado tarde, ya se están yendo; y además es demasiado joven y no puede portar armas”. Su corazón estaba enormemente angustiado.

James y Drusilla D. Hendricks con un niño

James y Drusilla D. Hendricks con su nieto. Aproximadamente 1852. Drusilla Hendricks fue una de las primeras partidarias de la Sociedad de Socorro. Ella rememoraba que, antes de que la Sociedad de Socorro fuera organizada en Nauvoo, soñó que las mujeres tenían reuniones y llevaban registros de su labor. Hendricks se unió a la Sociedad de Socorro de Nauvoo el 14 de abril de 1842, y fue llamada a formar parte de un comité visitante en el Barrio Dos de Nauvoo. (Fotografía en posesión de la familia).

Inmediatamente el muchacho llegó con la vaca, y poco después apareció un hombre gritando: “Preséntense y ofrézcanse como voluntarios para ir con el batallón. Todavía nos faltan algunos hombres; pero no queremos presionar a nadie”18. En ese momento quiso ocultarse detrás de la vaca y, tomando un cubo, se arrodilló como si fuera a ordeñarla, pero en realidad iba a orar. Y así fue como oró: “Señor, si quieres a mi hijo, tómalo; solo permite que regrese a mí, tal como el hijo de Abraham”. La respuesta llegó en espíritu: “Así será, tal como tú has dicho”19. Se levantó y con la ayuda de algunos vecinos preparó rápidamente al muchacho y lo dejó ir con la firme convicción de que Dios cumpliría Su palabra y le traería a su hijo de regreso. Durante su ausencia, oró constantemente por él, y como recompensa por su fidelidad su hijo le fue devuelto20. Así será con todos nosotros; tenemos que hacer sacrificios, pero si lo hacemos con espíritu de mansedumbre, con la mira puesta únicamente en la gloria de Dios, nunca dejaremos de cosechar un rico galardón21.