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Mi yugo es fácil y ligera mi carga

Una grabación original de este discurso está disponible en churchhistorianspress.org (por cortesía de la Biblioteca de Historia de la Iglesia).

Conferencia General de la Sociedad de Socorro

Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah

1º de octubre de 1969


Alice Colton Smith (1913–2006) aportó una perspectiva cosmopolita y académica a la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro. Se trasladó de Vernal, Utah, a Washington D.C. después de que su padre, Don B. Colton, fuera elegido para la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, en 1921. Tras finalizar sus estudios en la Universidad de Columbia, en 1934, se casó con Whitney Smith, que estaba recibiendo capacitación para ser bacteriólogo. La hermana Whitney completó su formación académica en la Universidad de Wisconsin, y la familia Smith se mudó al sur de California, en donde él trabajó como maestro. En 1946 los trasladaron a la Universidad Utah State, en Logan, donde Alice obtuvo una maestría en sociología y posteriormente comenzó a trabajar en la facultad1. Ella llegó a ser profesora adjunta y enseñó en Utah State hasta mediados de la década de 1970, cuando renunció a fin de poder centrarse más en su labor en la Mesa Directiva General2.

Dos importantes experiencias internacionales complementaron las carreras académicas del matrimonio Smith: En primer lugar vivieron en Israel entre 1953 y 1954, donde Alice Smith prestó servicio como presidenta del Comité de embajada para las relaciones israelí-estadounidenses mientras su esposo trabajaba como asesor de investigación bacteriológica para el gobierno israelí3. Cuando regresaron a Utah, el gobernador George D. Clyde nombró a la hermana Smith al Comité de Educación del Estado de Utah, donde prestó servicio entre 1958 y 19604. Entre 1960 y 1963 vivieron en Viena, donde organizaron la primera misión de los Santos de los Últimos Días con sede en Austria y sirvieron como presidente de misión y presidenta de la Sociedad de Socorro de misión5. A su regreso, el gobernador Calvin L. Rampton nombró a la hermana Smith a la Comisión de Utah para la Conferencia de la Casa Blanca sobre la Familia6. En 1964 se unió a la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro, en la que prestó servicio durante catorce años bajo la dirección de las presidentas Belle S. Spafford y Barbara B. Smith7.

Joseph Fielding Smith, por aquel entonces Presidente del Cuórum de los Doce Apóstoles, apartó a la hermana Smith para su labor en la Mesa Directiva de la Sociedad de Socorro. Recordaba que él le dijo en la bendición: “Has sido puesta en esta mesa directiva no para guardar silencio. Has de tomar una parte activa en todo lo que suceda”. La hermana Spafford le dijo a la hermana Smith que, desde que formaba parte de la Mesa Directiva, nunca se le había dado un consejo así a un miembro de ella, y la hermana Smith recordaba que la hermana Spafford lo repitió en la siguiente reunión de la Mesa Directiva: “En realidad eso se aplica a todas ustedes, pero quiero que sepan que se aplica a Alice”8. Las responsabilidades de la hermana Smith en la Mesa Directiva incluían revisar, editar y evaluar las lecciones de la Sociedad de Socorro, una asignación en la que hizo buen uso de su franqueza y su experiencia profesional9. Ella también escribía las lecciones de las maestras visitantes10.

La hermana Smith creía que servir con amor era la esencia de seguir a Cristo: “Solía oponerme todo el tiempo a ‘la perfecta Patty’. Decía que no era real, que no era el mundo real, ni eso era el Evangelio. Salía a relucir el tema de la perfección y yo decía sí, bueno, pero creo que el Señor se refería a ser perfectas en ser amadas. Ser amorosas, bondadosas y misericordiosas. Él no hablaba de levantarse por la mañana y cepillarse el cabello”11. En 1979, la hermana Smith dijo pertenecer “a la escuela de los que sienten que Jesús no era un vendedor, sino un maestro... Yo creo que Él estaba allí para producir cambios de conducta que fueran permanentes”12.

La hermana Smith pronunció el siguiente discurso sobre el programa de Maestras Visitantes en la sesión de oficiales de la Conferencia General de la Sociedad de Socorro en el Tabernáculo de Salt Lake. La práctica que se llegó a conocer como el programa de Maestras Visitantes comenzó cuando se formaron comités visitantes en Nauvoo, Illinois, en la primavera de 1843. Los miembros de los comités visitaban a las familias tanto para averiguar sus necesidades como para satisfacerlas. También visitaban a los miembros de la Iglesia para pedir donativos. Como parte de la reorganización de la Sociedad de Socorro en Utah en 1868, Sarah M. Kimball y Eliza R. Snow redactaron un documento que desarrollaba más a fondo las responsabilidades de las maestras y añadía que debían visitar una vez al mes a las personas de las calles que tenían asignadas13. La Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro comenzó a proporcionar un mensaje uniforme para las maestras visitantes en 1921, y estas dejaron de recolectar fondos para la beneficencia en 194414. La hermana Smith escribió los mensajes de las maestras visitantes para el año, a partir de octubre de 1969 con el tema “Verdades conforme a las cuales vivir”, y los centró en los mensajes del Libro de Mormón, “una luz brillante en nuestra atribulada época de turbulencias”15.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga16.

A través de los siglos, desde las costas del Mediterráneo oriental nos llega esta cálida invitación de nuestro Salvador.

Al subir Jesús por las secas colinas de Galilea o al caminar por los polvorientos caminos de Judea, se encontró con pobreza, enfermedades, aflicciones de todo tipo. Halló al pecador arrepentido y al no arrepentido. Se reunió con los que sufrían, y de esas experiencias y Su inmensa comprensión provino Su compasivo ruego: “Venid a mí”.

En 1830, el profeta José Smith declaró que Dios es “el mismo Dios inmutable”17. Por tanto no sorprende que, el 28 de julio de 1843, dieciséis mujeres fueran asignadas a “buscar a los pobres y afligidos… para aliviar las necesidades de todos”18. Dieciseis en un mundo de millones; pero tuvo que haber un comienzo. En 1843, dieciséis maestras visitantes; hoy en día [1969], muchas más de 100 000; mañana 200 000; y pasado mañana dos millones.

Hace unas semanas me encontré con una maravillosa amiga mía. Ella ha sido activa en la Sociedad de Socorro por muchos años. La amo, y fue muy agradable verla. Quería saberlo todo de ella. Le pregunté lo que estaba haciendo actualmente en la Iglesia. Hubo una pausa bastante notable. Entonces, contestó: “Oh, solo soy maestra visitante”. ¡Solo una maestra visitante! Después de despedirnos pensé en cómo se sentiría ella si el Salvador fuera a su próxima reunión de maestras visitantes y le dijera: “Quiero que seas mi emisaria. Quiero que les digas a las mujeres de tu distrito que las amo, que me interesa lo que les sucede a ellas y a sus familias. Quiero que seas mi ayudante, que veles por estas hermanas, que cuides de ellas para que todo esté bien en mi reino”19. Si nos viéramos después de tal encuentro como ese, ¿no sería diferente la respuesta de ella? ¿No la ha llamado Él ya por medio de Su sacerdocio con la misma certeza que si hubiera estado ante ella?

¿Cuántas de nuestras maestras visitantes piensan de sí mismas como “solo maestras visitantes”?

A la maestra visitante se le da la gran responsabilidad de buscar a las necesitadas. Es más, con su visita, ella les está diciendo a todas las hermanas que alguien se preocupa, y que Dios se interesa.

La maestra visitante debe ser la mejor amiga de todas las hermanas de su distrito. Oh, no me refiero a la amiga más cercana, sino a una verdadera amiga.

Espero que todas aquí tengan una verdadera amiga, porque entonces sabrán a qué me refiero. ¿Qué es una verdadera amiga? Es una amiga en la que puedes confiar y con quien sabes que tus secretos estarán a salvo. Es una persona que escucha y que desea escuchar. Es alguien a quien le interesa todo cuanto te sucede y que siempre ayuda cuando es necesario.

Cuando voy a la puerta y encuentro a mi mejor amiga allí, esperando a entrar, mi corazón resplandece. No puedo esperar a abrir la puerta. Estoy encantada de verla. Yo sé que me ama, igual que yo la amo a ella.

La maestra visitante debe producir una reacción así en todas las personas por las que vela. No debe ser alguien que se apresura el último día del mes y dice: “Solo tengo unos minutos; sé que has leído el mensaje y te lo sabes mejor que yo, y de todos modos no lo necesitas. Qué tal estás y nos vemos en la Sociedad de Socorro la semana que viene”. La maestra visitante debe dejar tras de sí un amor que bendiga tanto a la hermana que recibe la visita como el hogar de esta.

Hace años, al salir de la capilla después de una reunión de la Sociedad de Socorro, mi maestra visitante me detuvo. “Alice”, dijo, “tú tienes todo lo que necesitas. Ojalá pudiera hacer algo por ti”.

“Haces algo por mí cada mes”, le contesté. “Me llevas un mensaje de amor. Me siento consolada y fortalecida gracias a tu interés por mí y por mi familia”, pero no parecía completamente satisfecha.

Menos de dos horas después llegó a mi puerta. En sus manos llevaba una hogaza de pan casero recién horneado. “Después de despedirme de ti hoy”, dijo, “recordé que una vez me dijiste que tus responsabilidades en la universidad te tenían tan ocupada que nunca tenías tiempo para hacer pan. Así que hay algo especial que puedo hacer por ti”.

Hace cinco años regresamos a casa tras una ausencia de tres años20. Estábamos cansados del largo viaje al exterior y aún no habíamos tenido tiempo para ir al mercado. Veinte minutos después de llegar a casa, llamaron a nuestra puerta. Allí estaba ella, mi maestra visitante (que por entonces hacía tiempo que había sido relevada) con una hogaza de pan casero recién horneado y un frasco con mermelada de frambuesa. Me encanta el emblema de la Sociedad de Socorro con su lema: “La caridad nunca deja de ser”, pero mi propio emblema personal de las maestras visitantes siempre será una hogaza de pan casero recién horneado21.

Hemos de “aliviar las necesidades de todos”22. En nuestro confuso y complejo mundo, así como en el mundo de Jesús, hay soledad, desesperación, pecado y sufrimiento. ¿Quién sabe qué día encontraremos estas cosas en el hogar de nuestras amigas? Debemos estar preparadas.

La compasión es una forma de vida. La encantadora, joven y bella Darlene, madre de un pequeño bebé, contrajo esclerosis múltiple. La enfermedad progresó con tanta rapidez que no podía cuidar de su bebé. En ese momento recibió la visita de dos compasivas maestras visitantes. “Derramen aceite y vino en las heridas del afligido”, aconsejó el profeta José Smith23. Ellas continuaron visitando y ayudando.

Con el paso de los años, otras amigas suyas que al principio habían estado pendientes de ella dejaron de visitarla con tanta frecuencia. Su marido la abandonó y Darlene se llenó de amargura. Respondía con palabras de enojo y animosidad a quienes le ofrecían ayuda. ¿Por qué tenía ella que yacer imposibilitada mientras otras personas viajaban, jugaban y trabajaban a su antojo? ¿Por qué tenía que quedarse en cama, cada vez más débil? Ella renegaba de su suerte y, a medida que lo hacía, sus amigas dejaban de ir.

Una de las maestras visitantes se fue a vivir lejos y la otra fue relevada, pero su amoroso cuidado no cesó. A través de los años, esta dedicada exmaestra visitante la visitó con frecuencia y le ofreció su ayuda constante. Podía ver lo que escondían las palabras de enojo y amargura de Darlene. Aun cuando se las dirigiera a ella, no desamparó a la mujer herida que sufría.

Hace poco la familia de Darlene se trasladó a Utah. Darlene, ya completamente postrada en cama y todavía sin haber cumplido los cuarenta, se mudó aquí también. ¿Puso eso fin al interés de su antigua maestra visitante? No. Una llamada telefónica de larga distancia a un miembro de la familia de la maestra visitante en Utah: “Por favor, visite a Darlene. Hágale saber que pienso en ella y que la amo. Por favor, vaya a verla siempre que pueda”.

La compasión es una forma de vida. Los años de cuidados y la distancia no importan cuando una maestra visitante es una verdadera amiga que se interesa y ama. Los mensajes de las maestras visitantes son importantes. Las normas que rigen nuestras visitas son importantes, pero más allá y por encima de todas ellas, es mucho más importante el corazón que comprende, se interesa y ama.

Las maestras visitantes nunca fueron más necesarias. Puede que nunca conozcan a una Darlene, pero cada mes encuentran a quienes necesitan amor y aceptación.

A medida que la Iglesia crece cada año, la necesidad de maestras visitantes es mayor. ¿Qué futuro les espera? Ellas ayudarán a combatir la soledad que aflige nuestro mundo y el carácter impersonal de las grandes ciudades. Velarán por el extranjero, la viuda, el huérfano, el herido, el afligido, y cuidarán de todas las hermanas con interés y amorosa atención. Serán tan necesarias como lo fue mi abuela cuando se levantaba de su cálida cama de pionera en noches de tormenta para viajar kilómetros sobre una carreta tirada por caballos para atender una llamada de socorro24. Como mi madre que durante la Depresión halló al hambriento, así harán ellas25. Como la maestra visitante que me llevó su amor junto a una hogaza de pan casero recién horneado, así harán ellas. Ayudarán a aliviar el sufrimiento físico, emocional y mental. Socorrerán al pecador y darán consuelo al afligido. Llevarán el mensaje de un Evangelio de amor a todas nuestras hermanas por todo el mundo. A medida que su cálido y tierno cuidado esparza su red por todo el mundo, llegarán a ser un estandarte a las naciones26.

Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.

Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas.

Porque mi yugo es fácil y ligera mi carga27.

Dios bendiga a las maestras visitantes. Porque cuando todas trabajan juntas el yugo es fácil y la carga es ligera.

En esto conocerán todos que somos discípulas del Señor, si tenemos amor las unas por las otras28. Ruego que siempre sea así. Amén.