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El sentido de responsabilidad del oficio

Conferencia General de la Sociedad de Socorro

Edificio del Obispo, Salt Lake City, Utah

4 de abril de 1933


La educación formal, la enseñanza y la experiencia de la vida hicieron de Lalene Hendricks Hart (1885–1972) una experta en el campo de la economía familiar. Primero estudió economía doméstica en el Colegio Universitario Brigham Young en Logan, Utah, y posteriormente en Simmons College en Boston, Massachusetts. Tras finalizar su período de formación, enseñó en Night School en Nephi, Utah, en la Academia Cassia Stake en Oakley, Idaho, y en el Colegio Universitario Brigham Young, donde llegó a ser directora del Departamento de Economía Doméstica. En 1915 contrajo matrimonio con Charles H. Hart, un viudo que tenía diez hijos1. A partir de 1923 escribió para la Relief Society Magazine numerosos artículos llenos de trucos para el hogar bajo el título “Of Interest to Women [De interés para las mujeres]”2.

La hermana Hart trabajó en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro bajo el liderazgo de dos presidentas: Clarissa S. Williams, de 1921 a 1928, y Louise Y. Robison, de 1928 a 19393. Ella conservó su cargo en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro cuando acompañó a Charles a Toronto, donde fue presidente de la Misión Canadiense desde 1927 hasta 19304. Mientras presidía la Sociedad de Socorro en Canadá, ella viajaba por toda la misión para asistir a conferencias con las hermanas, dar discursos y hacer proselitismo5. Asumió esa misión como una extensión de su servicio en la Mesa Directiva. En una conferencia de la Sociedad de Socorro en la víspera de su partida en 1927, dijo: “Aunque por un tiempo no tendré permiso para reunirme con ustedes en las reuniones de la Mesa Directiva ni en conferencia, ojalá pueda sentir su espíritu al desempeñar las funciones de madre de los jóvenes y las jovencitas que tendrán el privilegio de ir a la Misión Canadiense… Les aseguro con todo mi corazón que, en lo que a mí respecta realizar mi deber, trataré de guiar y proteger a los jóvenes y las jovencitas que estén bajo mi dirección”6.

Como presidenta del comité de servicio social durante los primeros años de la década de 1930, la hermana Hart dio un informe sobre los nuevos Institutos de Servicio Social de la Sociedad de Socorro, que preparaban a las mujeres para ejercer como trabajadoras sociales en sus propias comunidades7. La Gran Depresión estaba en su máximo apogeo, y a Utah no lo estaba yendo bien. Para 1930, solamente un tercio de la población adulta del estado tenía empleo, el peor registro de todos los estados con excepción de Misisipi. Los Institutos de Servicio Social capacitaban a las líderes de la Sociedad de Socorro de estaca y de barrio en las técnicas modernas del trabajo social, y tenían una duración de entre varios días hasta seis semanas8. Las sociedades de socorro designaban por lo menos una asistente por estaca, y alguna a nivel de barrio donde era necesario. Esta capacitación ayudaba a la Sociedad de Socorro a cooperar con las agencias gubernamentales, y se ocupaba de las abrumadoras necesidades de los miembros de sus respectivas comunidades.

Los esfuerzos de la Sociedad de Socorro por cultivar un sentimiento de responsabilidad social también incluían lecciones mensuales dedicadas al servicio social, las cuales se publicaban en Relief Society Magazine. Los programas de bienestar social de la Sociedad de Socorro incluían la ubicación de niños, la Agencia de Empleo para mujeres y jovencitas, excursiones de verano para niños con malnutrición, y un almacén de prendas de vestir y otras provisiones9. La hermana Hart pronunció el siguiente discurso sobre lo que significaba ser líder de la Sociedad de Socorro en una reunión de la conferencia general de la Sociedad de Socorro para oficiales en el Edificio del Obispo en 193310.

La vida de cada una de nosotras la determina en gran medida una responsabilidad triple: el deber para con nosotras mismas, el deber para con nuestros semejantes y el deber para con nuestro Dios. Las leyes de la ética establecen ciertas normas que controlan las relaciones y el comportamiento humano.

Las hermanas que forman parte de una organización de la Sociedad de Socorro se hallan en una escuela de capacitación en ética muy superior a cualquier otra clase o cualquier otro club. Además de adquirir conocimiento mediante lecciones esbozadas, ellas aprenden otras lecciones sobre el valor, la tolerancia, la bondad y la dedicación. Esta escuela trata también de generar en sus miembros un sentimiento de responsabilidad social, de estimular el interés en el bienestar de sus vecinos, y desarrollar el interés en las personas de toda clase y toda raza.

Cada mujer que entra como oficial11 al servicio de esta organización lo hace con cierto grado de ambición y con la determinación de adquirir nuevas ideas y experiencias que le darán una visión más amplia de la vida, elevarán sus propios modelos de ideales y los de otras personas, y presta un servicio eficaz a aquellos con quienes tiene contacto. La preparación para una vida mejor y más plena nunca antes ha sido tan intensa. Las mujeres están interesadas en más cosas y en más personas que antes. Están deseosas por saber más en cuanto a la naturaleza humana, a su propia personalidad y a su desarrollo.

Aquellas a quienes se les ha dado la responsabilidad de dirigir esta preparación12 deben elevarse al nivel de sus posibilidades y ofrecer oportunidades y experiencias a sus respectivos grupos, lo cual hará posible que descubran una vida más libre de las cosas que desalientan, preocupan y enojan, y más llena de las cosas que satisfacen, estimulan e inspiran. Nosotras no hemos solicitado esta responsabilidad, pero se nos ha otorgado como un honor. No obstante, cualquier oficio deja de ser un honor a menos que ese oficio se honre. Ben Jonson dice: “Los grandes honores son grandes cargas, pero para quien los recibe con codicia la carga es doble. En toda dignidad, sus afanes deben ser aún el doble que sus gozos”13.

Ser merecedora de presidir con dignidad y aplomo una sociedad bien organizada es el máximo logro de una oficial; alcanzarlo requiere una labor larga y ardua.

La misión de las oficiales es crear y desarrollar en la vida de nuestras miembros el espíritu del Evangelio, y llevar su mensaje a todas las personas a fin de alentar a quienes están afligidos o descorazonados.

Al acercarnos al final de la temporada en nuestro plan de trabajo, bien podríamos preguntarnos: El trabajo de este año, ¿ha sido un éxito o un fracaso en lo que a mí concierne individualmente? ¿Qué es el éxito y cómo se ha de medir? No por la duración de los días ni por la acumulación de conocimiento o influencia, sino por la adaptación continua e implacable de nuestros poderes y capacidades a las oportunidades y necesidades de nuestro entorno.

Puede que ese resultado quede muy lejos del listón que nos hemos puesto, o hasta puede que lo supere, pero nada puede sobrepasar en majestuosidad de propósito al deseo de hacer el uso más eficaz de nuestros talentos al servicio de los demás.

Esa oficial de la Sociedad de Socorro que ha vivido bien, ha amado mucho, ha dado con generosidad, ha servido de buena gana y ha aumentado en gracia mediante su responsabilidad, ha alcanzado el éxito. Ha fallado si ha ignorado la verdad, si ha desechado sus ideales más elevados y ha desdeñado las normas de su propia organización y de la Iglesia.

Reparemos seriamente en la responsabilidad que yace sobre nosotras a fin de levantarnos y brillar, y de mostrar a un mundo dubitativo, expectante y escéptico que hay un Dios en los cielos, que Jesucristo vive y que le importa el bienestar de Sus hijos.