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Unidad de sentimientos

Una grabación original de este discurso está disponible en churchhistorianspress.org (por cortesía de la Biblioteca de Historia de la Iglesia).

Conferencia General de la Sociedad de Socorro

Tabernáculo, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah

3 de octubre de 1962


multitud de mujeres en el Tabernáculo de Salt Lake

Conferencia General de la Sociedad de Socorro. 1962. La primera Conferencia General de la Sociedad de Socorro se celebró en 1889. Esta fotografía del Tabernáculo de Salt Lake muestra a una gran multitud en una de las sesiones de la conferencia de octubre de 1962, en la que habló Louise W. Madsen. Fotografía por Ross Welser. (Biblioteca de Historia de la Iglesia, Salt Lake City).

La experiencia de la vida condujo a Elen Louise Wallace Madsen (1909–1987) a desarrollar habilidades de organización, domésticas e intelectuales que utilizaría durante su servicio en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro. Esta comenzó cuando a los trece años de edad, la hermana Madsen ayudó a criar a sus cuatro hermanos menores después de la muerte de su padre1. Se graduó en la Escuela Secundaria SUD y luego cursó estudios de inglés, historia, literatura y leyes en la Universidad de Utah2. El 1º de junio de 1928 contrajo matrimonio con Francis Madsen, y juntos fundaron la empresa Madsen Furniture Company, primero en Ogden, Utah, y luego se expandieron a Salt Lake City. También en Ogden, Louise Madsen presentaba un programa de radio3. Comenzó su servicio en la Iglesia enseñando Seminario, liderando a las jóvenes espigadoras y dando clases de literatura y teología en la Sociedad de Socorro4. También fue presidenta de la Sociedad de Socorro de la Estaca Emigration5. La hermana Madsen comenzó su servicio en la Mesa Directiva General de la Sociedad de Socorro en diciembre de 1947, y el 11 de agosto de 1958, cuando llegó a ser segunda consejera de Belle S. Spafford en la Presidencia General de la Sociedad de Socorro, había prestado servicio en muchos comités de la Mesa Directiva General6.

La labor de la hermana Madsen en la presidencia incluía dirigir las actividades relacionadas con las tareas del hogar (llamadas reuniones de trabajo hasta octubre de 1966) y supervisar tanto el departamento de ropa del templo como la tienda de artesanía mormona7. Supervisó un curso de estudio de un año de duración inspirado en el programa de enfermería domiciliaria de la Cruz Roja para enseñar a las hermanas de la Sociedad de Socorro habilidades de atención sanitaria en el hogar8. También supervisó la creación de un programa de guardería, que la Sociedad de Socorro estableció para facilitar que más madres jóvenes asistieran a las reuniones de la Sociedad de Socorro, proporcionar oportunidades de aprendizaje a los niños pequeños y brindar oportunidades de servicio a las hermanas de la Sociedad de Socorro que supervisaban o prestaban servicio voluntario en la guardería9. La hermana Madsen viajó por todo el mundo para capacitar a varias sociedades de socorro y representar a la Sociedad de Socorro en el Consejo Nacional de Mujeres10. Muchos de los discursos y los artículos de la hermana Madsen, por los que recibió grandes elogios, aparecieron en Relief Society Magazine y en Church News11.

A principios de la década de 1960, los Estados Unidos estaban inmersos en conflictos tanto interiores como exteriores. La repercusión de la violencia racial en los Estados Unidos había aumentado sustancialmente durante los últimos años de la década de 1950, tras la cobertura que dieron los medios a varios actos de violencia prominentes contra la comunidad afroamericana12. En 1962, los Estados Unidos estaban al borde de la guerra con la Unión Soviética por la colocación de misiles balísticos en Cuba13. Durante ese período de crecientes temores y conflictos, la hermana Madsen habló en 1962 en una conferencia de la Sociedad de Socorro en el Tabernáculo de Salt Lake City acerca de cómo Dios recompensa la unidad con poder.

Mis queridos hermanos y hermanas, justo antes de entrar en el jardín de Getsemaní la noche en que fue traicionado, el Señor, “alzando los ojos al cielo”14, oró al Padre. El presidente McKay se ha referido a esta oración como “la oración más grandiosa que se haya pronunciado en este mundo, y la de mayor impacto”15. Su oración fue por aquellos que habían creído en Él y “por los que han de creer” en Él. El siguiente versículo encierra un mensaje sublime: “… para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros”16.

Esta es la más bella expresión del principio de la unidad. Es este principio de unidad, este espíritu de ser “uno” los unos con los otros y con nuestro Dios, lo que ha sido una pieza instrumental para hacer posible que la Iglesia progrese y alcance los propósitos para los que fue establecida.

Una de las declaraciones del profeta José Smith a la Sociedad de Socorro que tiene grande y perdurable importancia es que “por la unidad de sentimientos, obtenemos poder con Dios”17. Esta es una expresión del principio de la unidad que muestra cómo obra este principio para cumplir propósitos. Él instó a las hermanas a que obtuvieran poder de lo alto siendo “una” en espíritu y en la determinación de hacer lo que Él desea que hagan. La evidencia de que lo han hecho está en el crecimiento y en los logros de la Sociedad de Socorro por todo el mundo. Las vastas expansiones de tierras y los océanos de agua que nos separan no alteran ni disminuyen el sentimiento y la necesidad de “unidad”. Un cuarto de millón de mujeres unidas en sentimiento y propósito, buscando el poder de nuestro Padre Celestial en rectitud, pueden ejercer un formidable poder para bien donde sea que estén.

¿Cuál es este poder que podemos obtener? Dado que procede de nuestra unidad con Dios, nuestro Padre, y Su Hijo, Jesucristo, ¿no es, en palabras de Miqueas, hacer “lo que es bueno y lo que pide Jehová de [nosotros]… hacer justicia… y [humillarnos] para andar con [nuestro] Dios”?18. ¿No es el privilegio de servir lo que buscamos, la fuerza impulsora de la compasión a sentir? ¿No es el poder de la fortaleza que da Dios y la bendición del conocimiento lo que estimamos? ¿No es el poder del pensamiento y de la acción desinteresados, la falta de egoísmo, la habilidad para elevarnos por encima de la crítica y la mezquindad lo que deseamos? El poder para ser instrumentos en la salvación de las almas ha sido conforme a la Sociedad de Socorro. Edificar testimonios firmes de la divinidad del Salvador y del Evangelio es nuestro objetivo principal. La caridad, el amor puro de Cristo, es el principio que nos guía19.

Una vez más se nos recuerda que esos aspectos del poder se derivan de la “unidad de sentimientos”, la “unidad de sentimientos” entre nosotras y con nuestro Padre Celestial. Esta clase de unidad no se puede mantener con éxito sin todo lo que no sea lo mejor de cada uno de nosotros. No conformarnos con la sola mediocridad aumenta la capacidad de la organización para hacer uso de este poder que proviene de los cielos en toda su plenitud. Nuestra visión y objetivo deben ser exaltados, y la integridad de propósito y confiabilidad de cada miembro deben aumentar.

Aquellos a quienes se les da poder deben asumir las responsabilidades que lo acompañan. Una de ellas es el liderazgo prudente. Guiar, persuadir y dirigir correctamente20, fortalecer en rectitud, instruir e impulsar la acción valiente son aspectos del liderazgo para los que las mujeres de la Sociedad de Socorro están capacitadas21. La fortaleza de una organización consagrada al bien, que se adapta a las cosas que se deben hacer y está convencida de que su labor es básica y espiritualmente correcta, es la fortaleza que el Señor requiere de nosotras. Cada Sociedad de Socorro, no importa cuán pequeña sea ni cuán aislada esté, debe ser partícipe de esta “unidad de sentimientos”.

En su epístola a los romanos, Pablo habla de “la fe que tenemos en común, vosotros y yo”22, y ruega a sus hermanos que le ayuden23 en todas las cosas que se deben hacer. Les advierte que eviten “disensiones y tropiezos en contra de la doctrina”24, y hace mención de algunas hermanas a quienes elogia de manera particular:

Os encomiendo a Febe, nuestra hermana, quien está al servicio de la iglesia que está en Cencrea;

que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que a ella le sea menester; porque ella ha ayudado a muchos y también a mí mismo.

Saludad a Priscila y a Aquila, mis colaboradores en Cristo Jesús,

que expusieron su vida por mí, a quienes no solo yo doy gracias, sino también todas las iglesias de los gentiles…

Saludad a Mary, quien ha trabajado mucho entre vosotros…

Saludad a Trifena y a Trifosa, que trabajan arduamente en el Señor. Saludad a la amada Pérsida, quien ha trabajado mucho en el Señor25.

Esta clase de elogio también se les puede hacer a muchas de las mujeres de esta dispensación. De un gran número de las hermanas que tienen oficios en la sociedad podría decirse, en palabras de Pablo, que “trabajan arduamente en el Señor”26. Sin embargo, es la sociedad en su conjunto, como organización auxiliar de la Iglesia, la que recibe poder de Dios por la “unidad de sentimientos”, que es lo que mejor sirve para hacer la obra que Él desearía que una organización de Sus hijas hiciera.

¡Cuán bellos los vínculos de hermandad! Inspiradores los lazos de la amistad. Gloriosa la labor de miles de hermanas unidas con un propósito justo. Llena de humildad darse cuenta de que lo que hemos de hacer es la obra del Señor.

Que Él nos bendiga con el deseo de acercarnos a Él en “unidad de sentimientos”, y a ser uno como Cristo pidió en oración que fuesen Sus seguidores. Lo ruego en el nombre de Jesucristo. Amén.