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El perdón es como la misericordia

Conferencia General de la Sociedad de Socorro

Salón de Asambleas, Manzana del Templo, Salt Lake City, Utah

Jueves, 3 de abril de 1924


Lucy Jane “Jennie” Brimhall Knight (1875–1957) sirvió una misión en Gran Bretaña entre abril y noviembre de 1898, siendo una de las primeras hermanas misioneras de la Iglesia. Su compañera de misión y futura cuñada, Inez Knight, prestó servicio entre abril de 1898 y junio de 19001. Como misionera, Jennie habló en reuniones por todas las Islas Británicas, y pasó varias semanas en el continente europeo. Según uno de los primeros relatos, su labor misional junto a Inez era tal como la de los élderes con quienes servían: “hacían visitas, repartían folletos, predicaban, se esforzaban al máximo por esparcir el conocimiento de la verdad en cuanto a su religión y su gente”2.

Jennie Knight contrajo matrimonio con Jesse Knight el 18 de enero de 1899, y obtuvo una licenciatura en pedagogía de la Mesa Directiva General de Educación de la Iglesia en mayo de 1899. Sirvió durante cinco años como presidenta de la Asociación de Mejoramiento Mutuo de las Damas Jóvenes en la Estaca Taylor en Raymond, Alberta, Canadá, y durante ocho años en el mismo llamamiento en la Estaca Utah cuando regresó a Provo, Utah3. También participó en labores públicas apoyando a las mujeres y la educación, prestando servicio como superintendente de la Universidad Brigham Young desde el otoño de 1907 hasta la primavera de 1911, con la asignación de velar por el bienestar de las alumnas4. Durante la Primera Guerra Mundial, la hermana Knight fue vicepresidenta de la Sección Femenina del Consejo de Defensa del Estado5.

Jennie Brimhall Knight con sus hijos Philip y Richard

Jennie Brimhall Knight con sus hijos Philip y Richard. Alrededor del año 1916. Unos dieciocho años antes de que se tomara esta foto, la hermana Knight fue una de las primeras hermanas de la Iglesia que sirvieron como misioneras. Fotografía por Larson y Bygreen. (Fotografía propiedad de la familia. Por cortesía de Jennifer Whatcott Hooton).

La hermana Knight se unió a la Presidencia General de la Sociedad de Socorro el 1º de abril de 1921, como Primera Consejera de la presidenta Clarissa S. Williams6. Tras unirse a la presidencia general continuó viviendo en Provo, y viajaba a Salt Lake City cada semana para asistir a las reuniones de la Mesa Directiva, y por toda la Iglesia para asistir a las convenciones de la Sociedad de Socorro de estaca7. En su diario se registra su gestión en la Sociedad de Socorro y sus responsabilidades en casa, y se menciona las contribuciones de los miembros de su familia8. Un día de 1922, por ejemplo, anotó que regresó a casa de cumplir con sus deberes en la Iglesia después de la media noche, comprobó que su familia dormía y se metió sigilosamente en su cama. Por la mañana se despertó para limpiar la casa y envasar duraznos, y luego se volvió a marchar a la semana siguiente para cumplir con sus responsabilidades de la Iglesia en pueblos remotos9.

El servicio que prestaba la hermana Knight en la Mesa Directiva implicaba no solamente hablar en las congregaciones locales, sino también participar en causas más generales a nivel nacional. En 1923 viajó en tren con Amy Brown Lyman, Secretaria General de la Sociedad de Socorro, para asistir a una convención de bienestar social de una semana de duración y a una reunión de planificación para el Consejo Nacional de Mujeres en Washington D.C.10. En 1925 regresó a Washington para representar a la Sociedad de Socorro en una reunión del Consejo Internacional de Mujeres11. La hermana Knight hizo uso de su experiencia en la observación de la naturaleza humana y en la enseñanza de los principios de la Iglesia cuando pronunció la siguiente reflexión sobre el perdón en una conferencia general de la Sociedad de Socorro en 1924.

Han sido muchas las magníficas lecciones que se han enseñado durante esta conferencia, y estoy segura de que muchas resoluciones se han renovado a los efectos de que seamos mejores líderes, mejores modelos de conducta en nuestras distintas comunidades, hermanas más compasivas, esposas más devotas y madres más comprensivas.

El grupo congregado hoy aquí pertenece a la clase de mujeres que no tienen tiempo para ser ociosas, ni para dejarse enredar por aquellas cosas que se nos ha enseñado que son una pérdida de tiempo y no conducen al progreso. Nuestro objetivo es servir y, en ese servicio, hallar gozo en esta vida y la vida eterna en el mundo venidero.

Junto al sendero de la vida que conduce a la felicidad hay muchos escollos que debemos evitar si hemos de alcanzar nuestra meta. Uno de esos escollos diré que es el no perdonar. Junto a él hay un pequeño montículo de perdón que, si nos subimos a él, nos elevará por encima de las nimiedades de la vida para ver una llanura más grande y más ancha, y un sendero bien definido.

Hay muchos hechos de los hombres y las mujeres que no aprobamos, ni participamos de ellos, ni los sancionamos, y aunque nuestra misión es hacer todo lo que podamos en el espíritu de verdadera caridad y amor fraternal para mostrar un camino mejor, el plan más perfecto de la paz, no debemos aborrecer a nuestros semejantes por el hecho de que sus caminos no sean los nuestros. Debemos dejar que nuestro Padre los juzgue.

En la palabra del Señor por medio del profeta José Smith que se encuentra en Doctrina y Convenios leemos: “Yo, el Señor, perdonaré a quien sea mi voluntad perdonar, mas a vosotros os es requerido perdonar a todos los hombres. Y debéis decir en vuestros corazones: Juzgue Dios entre tú y yo, y te premie de acuerdo con tus hechos”12.

El otro día me hablaron de una mujer que vivía en la misma calle que su padre, y sin embargo llevaba muchos años sin hablar con él. También supe de una presidenta de la Sociedad de Socorro que, al enterarse de que una de las hermanas de la organización se había sentido ofendida por algo que había hecho alguien de la presidencia de la Sociedad de Socorro, fue a casa de esta hermana y trató de hablar del tema, disculparse y, si era necesario, hacer las cosas bien, pero esa hermana no pudo encontrar un lugar en su corazón para el perdón, de modo que la presidenta se apartó, afligiéndose por esa hermana. ¿Cuál de las dos mujeres sería más feliz hoy? Mi padre dice con frecuencia: “El odio hace más daño a aquél que odia que a lo odiado”13.

En una ocasión, Pedro preguntó a Jesús: “… ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?”. Y Jesús le respondió: “No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete”. Luego dijo: “Por lo cual, el reino de los cielos es semejante a un rey que quiso hacer cuentas con sus siervos. Y… le fue presentado uno que le debía diez mil talentos. Mas como este no podía pagar, mandó su señor venderlo a él, y a su mujer e hijos, con todo lo que tenía, para que se le pagase. Entonces aquel siervo, postrado, le suplicaba, diciendo: Señor, ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. El señor, movido a misericordia por aquel siervo, le soltó y le perdonó la deuda.

“Pero saliendo aquel siervo, halló a uno de sus consiervos que le debía cien denarios; y tomándole del cuello, le ahogaba, diciendo: ¡Págame lo que me debes! Entonces su consiervo, postrándose a sus pies, le rogaba, diciendo: Ten paciencia conmigo, y yo te lo pagaré todo. Mas él no quiso, sino que fue y lo echó en la cárcel…

“Y viendo sus consiervos lo que pasaba, se entristecieron mucho, y fueron y declararon a su señor todo lo que había pasado. Entonces llamándole su señor, le dijo: ¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste. ¿No debías tú también haber tenido misericordia de tu consiervo, así como yo tuve misericordia de ti? Entonces su señor, enojado, le entregó a los verdugos hasta que pagase todo lo que le debía. Así también hará con vosotros mi Padre Celestial, si no perdona de corazón cada uno a su hermano sus ofensas”14.

¿No es verdad que Jesús nos enseñó a orar: perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden?15.

Martín Lutero dijo, hablando de esto: “Cuando dices ‘no perdonaré’ y vas ante Dios con tu padrenuestro, y mascullas ‘perdónanos nuestras deudas’, es como si estuvieras diciendo: ‘Yo no lo perdono; así pues, oh Dios, no me perdones tú a mí’”16.

No guardemos resentimientos en el hogar los unos hacia los otros, sino procuremos y oremos cada día para encontrar una manera de perdonarnos, recordando que el perdón es como la misericordia, “es dos veces bendita: bendice al que la concede y al que la recibe”17. Si en este asunto pudiéramos volvernos más como niños pequeños, ¡cuánto más felices seríamos!, porque quién conoció a un niño pequeñito que no estuviera dispuesto a perdonar al primer indicio de remordimiento por parte del ofensor; sí, y aun antes de que el que cometió la ofensa mostrara arrepentimiento alguno. ¿No dijo Dios “si no os hacéis como un niño pequeñito, de ningún modo heredaréis el reino de Dios”?18.

Aquellas que han sido sumamente probadas y amargamente ofendidas, recuerden que perdonar requiere un corazón generoso, lleno de misericordia y dedicado a la oración, junto con una firme voluntad, pero recuerden también que un corazón que no perdona pone una barrera entre sí mismo y el perdón de Dios porque, ¿no está escrito que “el que no perdona las ofensas de su hermano, queda condenado ante el Señor, porque en él permanece el mayor pecado”19?

De modo que enterremos todas y cada una de nosotras nuestros agravios, ya sea que atañan a nuestra familia inmediata, a nuestra Iglesia o a nuestro prójimo, y cubramos con una losa de olvido los escollos que nos privan de la felicidad y perdonemos como esperamos ser perdonados.